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En el estrecho de Sund, que separa y une a
Dinamarca y Suecia, Nervures minces, una pieza de Alexander Calder
anclada en el suelo, sostiene en uno de sus extremos uno de sus
inconfundibles móviles. En una conjunción de solidez y fragilidad,
un juego en blanco y azul, se propone imitar el fondo de mar y cielo
frente al que se instala. Está en el Museo Louisiana de Arte
Moderno, 35 kilómetros al norte de Copenhague, en un paraje con
vistas deslumbrantes en el que los ojos se llenan de verde y agua.
Junto a la de Calder, una contundente escultura de Richard Serra,
The gate in the Gorge, grandiosa, se enfrenta al paisaje e invita a
seguir un paseo serpenteado por otras obras de artistas como Isamu
Noguchi, Joan Miró, Jean Arp, Enzo Cucchi y Max Ernst.
Sin salir de Dinamarca, merece la pena
acercarse a Langeland, la hermosa isla entre Funen y Lolland, para
contemplar la belleza del entorno y, entre otras maravillas
realizadas por la mano del ser humano, el espeso camino de pequeños
troncos de Mikael Hansen, que consigue desafiar a la naturaleza a
través de esa riada de troncos que va adentrándose en el bosque,
Organic Highway. ¿Qué mejor conjunción de naturaleza y arte, de
poesía y paisaje?
Ambas visitas se incluyen en un exhaustivo
itinerario realizado por la Fundación NMAC, que acaba de publicar la
“Guía europea de parques de esculturas”. Un recorrido por 18 países
europeos que demuestra el amplio abanico cultural y paisajístico del
viejo continente, en contraste con la agresión constante que sufre
el medio ambiente. Una aventura cuya prioridad es la búsqueda del
diálogo y la armonía con la naturaleza frente al preocupante cambio
climático, el ruido, la polución y el estrés que generan las grandes
ciudades. Por Emma Rodríguez.
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