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Con
frecuencia en el siglo XIX determinados coleccionistas de obras de
arte se desinteresaron por completo del entorno histórico,
litúrgico, social, etcétera en el que surgían. Proliferaron las
colecciones de fragmentos de ilustraciones de manuscritos, porque
las miniaturas se recortaban del folio, sin dejar rastro del texto
que ilustraban en un gradual, libro de horas, breviario o Biblia.
La Pala de la Virgen de Duccio de Siena, por
ejemplo, se cortó en vertical porque estaba pintada en ambos lados.
Luego se separaba cada escena de las inmediatas y se vendía como si
hubiera sido concebida para ser contemplada así. La pintura del gran
maestro sienés del Museo Thyssen, por ejemplo, procede de ese
conjunto. Los retablos se deshacían y las tablas se vendían sueltas.
Con las esculturas no sucedía de otro modo. Tampoco con lo que
llamamos dípticos.
Una exposición en el Museo Real de Bellas Artes
de Amberes, Bélgica, exhibe hasta el 27 de mayo los más bellos
dípticos de los primitivos flamencos. En la exposición se encuentra
como tal el que forman el retrato de Felipe de Croy (Amberes, Museo
Real de Bellas Artes) y una Virgen con el Niño que sostiene un
suntuoso libro cerrado (The Huntington Library Art Collections,
California). Durante largo tiempo ambas pinturas se estudiaron con
independencia y fue en 1923 cuando Hulin de Loo pensó que, teniendo
las mismas medidas, habían formado un díptico. Su tesis no fue
aceptada por todos (Friedländer) y aún hoy es puesta en cuestión (Dirk
de Vos) por quienes creen que la Virgen es posterior al retrato o,
al menos, manifiestan sus reparos.
Quiere decir esto que una exposición como la
presente está lejos de resultar clara e indiscutible y que muchos de
los emparejamientos, o son propuestos por primera vez, o no merecen
la aprobación de todos los estudiosos. Y éste es uno de los motivos
del interés que posee. Por Joaquín Yarza.
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