Y además


Mi obra

Agenda

Subastas

Buzón de Arte

Suscripción

Archivo

Servicio de Atención al cliente

 
 


Intrigar, expresar, hechizar

La publicación de la versión castellana de un ya antiguo libro de Jean Cocteau, “La dificultad de ser”, despliega ante el fascinado lector un mundo de desafío, imaginación y creatividad, de la mano del que, durante décadas, fue un verdadero apóstol de la más infractora subversión.

 

Intrigar, expresar, hechizarIniciándose la primavera del año 1947, Francia se lamía con algunas dificultades las heridas de una derrota militar seguida por una gran renuncia nacional y una ocupación más que vidriosa, en cuyos barrizales muchos se habían ahogado, otros se vieron salpicados y la inmensa mayoría había sabido nadar con mayor o menor fortuna. Se emprendía la reconstrucción material, la vida política de la inestable Cuarta República no cesaba de dar bandazos entre la debilidad de las instituciones y la protesta de la calle, mientras el astuto De Gaulle esperaba su nueva oportunidad. En las colonias comenzaban a actuar los movimientos de independencia que abrían conflictos que degenerarían en sangrientas guerras, y el mundo de la cultura, sin abandonar sentimientos de una larga primacía universal, muy a regañadientes iba admitiendo el inexorable desplazamiento del centro artístico mundial, desde las orillas del Sena hasta la isla de Mannhattan.

Jean Cocteau, próximo ya a los sesenta años de brillante y desafiante existencia, rodaba la que, tras la ya lejana La sangre de un poeta, era su segunda película como director: La Bella y la Bestia.

Aquel goloso consumidor de los bienes de la existencia había escrito al fotógrafo norteamericano Man Ray palabras que hablaban muy bien de su posicionamiento vital: “… Esta aversión hacia lo moderno, hacia el progreso, no presupone amor a lo eterno, algo para mí, desgraciadamente, difícil de entender. Me gusta la obra que me seduce en el acto, que me intriga, que me quita la venda de los ojos…”.

Ahora, de sus manos estaba saliendo este poema fantástico-narrativo y una de las más bellas películas jamás rodadas, donde brillaba como protagonista el que era su referencia vital: el perfecto combinado de talento interpretativo y belleza física que era un Jean Marais entonces en toda su plenitud; amante, protegido, colega y, finalmente y por muchos años, protector.

En fantásticas y deslumbrantes escenografías, que recreaban el recargado interior de un castillo, el león ardiente de deseo conseguía enamorar a la virgen pagana y dejaba toda su impronta su creador, este inclasificable personaje, verdadero apóstol de la subversión estética, pero también de la ética.

En los ratos que le dejaba libres el rodaje, tuvo tiempo para componer una serie de breves textos reunidos bajo el título de “La dificultad de ser”, que acaba de publicarse en castellano. José María Solé bucea en este número en la personalidad de un creador que, durante décadas, fue un verdadero apóstol de la más infractora subversión.





  EN PORTADA
El retorno de Grecia
 
 
 
  ARTE AMERICANO
La otra cara de Ecuador
 
 
 
  ARQUITECTURA
Álvaro Siza, nadando en el arte
 
 
  ARTE Y LITERATURA
Intrigar, expresar, hechizar
 
  ARTE CONTEMPORÁNEO
La Residencia de Estudiantes, símbolo del espíritu europeo