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A unos 100 km al sur de la actual Mosul –al
norte de Irak–, en el emplazamiento conocido como Q’al-at Serqat, se
encuentran las ruinas de la más antigua e importante capital de
Asiria, protegida en su día por las aguas del río Tigris y uno de
sus afluentes.
La ciudad –cuyo hábitat se extendía sobre unas
54 hectáreas– tomó el nombre de su dios principal, Assur, singular
divinidad nacional desprovista de genealogía y que acabó por
personificar el espolón rocoso donde situaron su capitalidad.
Asimismo, aquel nombre serviría también para denominar a sus gentes
y al poderoso imperio que llegaron a crear.
Desde aquel núcleo inicial consiguieron
extenderse partiendo de los montes Zagros hacia Egipto –al que
dominarían durante un tiempo– y desde las cercanías del mar Caspio
hasta el golfo Pérsico, pues también pudieron domeñar a Babilonia.
El término asirio, por tanto, denotaba azote y guerra. También
significaba poder y soberbia. Pero, a la vez, era sinónimo de
cultura y arte.
El Museo Arqueológico de Alicante exhibe ahora
un buen número de excepcionales piezas (235 y 17 documentos) de la
antigua civilización asiria, propiedad del Museo Británico, que han
recorrido ya tres continentes, mostrándose con gran éxito de público
en el Metropolitan Museum de Nueva York, el Museo Nacional de
Antropología de la Ciudad de México, el Museo de Shangai y el Museo
de Copenhague.
Federico Lara Peinado explica en este
número quiénes fueron los asirios, qué papel tuvieron en la Historia
y, en concreto, cuál fue su aportación a la Historia del Arte y
presenta los detalles de la muestra.
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